MCM

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miércoles, 8 de octubre de 2014

PAIN.

Cuesta, cuesta liberar y sanar un corazón malherido. Uno cuya cicatriz marcada a fuego es imborrable.
Hay diversos tipos de dolor. El dolor cuyo sufrimiento abarca días, incluso semanas pero acaba mitigando ocupando una mínima parte de ti.
El dolor asfixiante que logra atraparte y no aminora a menos que te impongas.
Y por último y el más importante, está el dolor, ese que traspasa el alma y te toca el corazón. Te estrangula por dentro y te deja sin respiración, sin aliento, sin vida. Piensas que has muerto, que no queda nada de ti. Han cruzado tu pecho cual fino plástico se tratase y te han arrancado la esencia de lo que eres. Y aunque no lo creas deja una enorme cicatriz, una marca permanente y jamás será borrada. Permanecerá en tu vida, como una sombra, velándote cada instante.
Puede dejar de doler, puede dejar de estremecerse pero nunca desaparecerá.
Todos pueden llegar a superarse, algunos no dejan cicatriz, incluso sirven para aprender, para enseñarte como y de que forma debes cruzar cada camino que se cruce ante ti.
Pero si algo está claro, en que todo en esta vida ocurre por una razón.

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La gente se obceca pierde el control de la situación y comete errores. Pero el mayor error de todos... es saber cual es el error e ignorarlo.